Todo empezó un 21 de noviembre en puro invierno, en el instituto hacía mucho frío
y la gente iba loca por los pasillos, buscando ayuda. Nadie podía saber lo que estaba
sucediendo. Los niños más pequeños gritaban socorro y yo no podía hacer nada por ellos.
El humo entraba por bajo de las puertas y en el aula de plástica solo quedaban
cenizas. Por lo lejos escuchaba los cristales de la ventana romperse y golpes en las
puertas como si la gente de dentro pegara puñetazos pidiendo sucesivamente salir.